21 ago. 2016

Rascar matices en tinta

Busco refugio entre tus páginas. Aquí y ahora entran las dudas por la puerta de casa y se instalan en mi salón, deciden quedarse conmigo un rato. Nos tomamos un té que compartimos a medias, todos convidados en la misma taza, mientras el reloj vuela y alrededor todo se paraliza.

Una vez más quedo pendiente de lo que surja entre mis dedos, pero cuando quiero mirar, cuando voy a encontrar, no aparece nada. Como si la sensación -casi anticipatoria- de lo que espero fuese lo único tangible aquí, la evidencia no existe.

Desvarío treinta veces por segundo, entonces es cuando me digo a mí misma que toca cambiar, que lo mismo me he equivocado en algún punto. Quizás sea una equivocación entera, puro error completo, de cabeza a los pies. Que no sé ni orientarme, ni qué busco, ni qué quiero, ni lo que odio, ni lo que deseo.

Se me pierden las preguntas entre las costuras, se cuelan, se escurren y se escapan hasta inundar todo a mi alrededor.

La última vez que quise entender acabé del mismo modo que hoy: con toneladas de palabras desechadas, buscando un mapa con el que poder orientarme, con todos los rumbos posibles por delante. Con mil tareas pendientes, porque me cubro con ellas. Con las metas a las que apunté a una distancia que todavía no controlo, porque ni siquiera sé si algún día las conseguiré o me quedaré por el camino antes.

Y aquí estoy, divagando, perdida, volviendo al principio mientras lucho por encontrarme. Tengo la evidencia del que sabe que algo de lo escrito, de entre el millar de palabras, hay un resquicio que brilla, que merece la pena. Pero para llegar hasta ese breve destello me he perdido y me sigo perdiendo por el camino. Y lo que me queda, insisten mis dudas mientras agradecen la taza de té antes de marcharse.

Seguiré rascando matices en tinta mientras, por si acaso.

2 ago. 2016

Anochecer junto al asfalto

Sostengo el peso de la avenida
y la apaciguo
con el transcurso del camino
entre mis pasos.
Mi piel protege
el esqueleto que asoma tímido
por sus esquinas.
Aprietan las costuras,
se desvanece bajo las farolas,
y bailan
con la música invisible
del que nada cree y todo ve lejano,
del que se siente un feliz extraño
en un mundo encantado de conocerlo.

El peso de la avenida se amortigua
bajo mis pisadas distantes.
El aire oloroso y fragante de las huertas
aún se cuela por las ventanillas
y en mi piel se erizan las señales
por las que a tu paso
y a punta de pájaro,
a vuelo de dedo,
trazo mapas donde perdernos.

Seguimos en la tierra de los versos
donde me descubro un día
y al siguiente soy otra
y al otro
y por cuantos ojos vea en mis caminos
hay trece millones de historias.

Aquí sigo, entre imágenes,
mientras la avenida me abraza de nuevo.
Anochecer junto al asfalto
significa que el papel se convierte
en apéndice de mis entrañas.
El peso de las farolas me mecerá
con su luz amarilla
mientras mis órganos tiritan.

12 jul. 2016

Light of the Seven


He comenzado las mismas palabras una y otra vez mientras el mundo se desmorona a mi alrededor. Me quedo entre la arenilla y las piedras de lo que fue y ya nunca más será, de lo que ardió y ahora es ceniza. Me golpea como una oleada que me arrastrará hasta la sima, hasta lo más profundo y negro del abismo.

Mientras contemplo el mundo deshacerse entre mis dedos soy víctima de mí misma, de mis decisiones y dudas, de lo que he dejado atrás y lo que me falta por encontrar. Hoy ya no hay salvación para mí, no la habrá mientras siga en el mismo punto de la partida y solo me dedique a dar vueltas y más vueltas alrededor del mismo sitio. El tiempo volará o se detendrá, pero a mí ya no me importará porque ya estaré lejos, tan lejos de todo que la ausencia no podrá ser cubierta por nada.

Las calles amanecen ahora desiertas. El sol ni siquiera se cuela entre los ladrillos y el asfalto. Ni siquiera las sombras han despertado. El mundo está desierto, todo cascotes, todo ruina. Mis pasos resuenan con el eco del fantasma que se sabe en una dimensión paralela, no en la realidad. Alguien que buscaría su sitio en el mundo si tuviese claro que éste existe.

Pero ya no. Ya no está, ya no se le espera, ya no aparecerá. Todo se ha caído, todo lo ha derrumbado y tirado abajo los diversos terremotos que me han sacudido por dentro. Ahora solo queda el fuego en forma de rescoldos, de columna de humo que aún se eleva por encima de estos escombros. Sólo me queda alejarme con paso continuo y sin disminuir la velocidad, no dar la vuelta, no volver a mirar atrás. Lo mismo algún día encontraré otro horizonte donde construir algo de lo que queda en mi interior. Lo mismo algún día encontraré esa parte de mí que ahora creo desaparecida para siempre.

Pero hoy no ese ese día: hoy marcho entre restos de un mundo que ya nunca más volverán a contemplar estos ojos. Si eso, algún día verán un espejismo de todo esto, una fantasía, y como tal se desmoronará a una velocidad mayor de lo que lo hizo ahora, estallará en cuanto abra los párpados. Se esfumará y será un recuerdo del humo entrando por mis fosas nasales, de los restos de cristal y otros trozos de las piedras de los edificios que rasgaron mi piel a pesar de hallarme a distancia, en posición privilegiada, cuando todo saltó por los aires.

A quién pretendo engañar: la primera que se volatilizó y desperdigó por el aire, hecha fragmentos, pedazos, irreconstruible para siempre, fui yo y todo lo que alguna vez fui, todo lo que alguna vez llegaré a ser. De mí ya no queda nada, ni siquiera la memoria de que alguna vez existí. De mí ya no queda ni un triste hueso al que blasfermar por el daño o al que llorar por su extinción. De mí no quedan ni las cenizas ni el alma. Ni siquiera soy polvo en el viento. Nada.